Nota por nota

Cuando estaba en la secundaria, pasaba mucho tiempo componiendo música e ideando ejercicios para el bajo con un programa de computadora que se llama Cakewalk; muy rudimentario, comparado a las multiplataformas de grabación de hoy en día.

Con ese software, secuenciaba todo de forma manual, es decir: escribiendo con el mouse nota por nota en una planilla cuadriculada, que cubría la ecuación espacio-tiempo de cada instrumento. Era como jugar solo a un tatetí infinito, o como tejer sweaters multicolores: una rutina tediosa, aunque también muy gratificante.

Así, casi sin saberlo, ponía en práctica todos los recursos que iba aprendiendo en las clases de armonía y composición. A prueba y error: ¨dar cera, pulir cera¨.

Tenía una lista enorme de temas (o experimentos musicales) mios en formato ¨midi¨; algunos me gustaban más que otros. Si no se me ocurría nada, sacaba de la galera algún tema de alguna serie, película o publicidad; había hecho un arreglo del tema de ¨Un yogur cada día, La Serenísima¨, que tenía lo suyo.

Me gustaba ese espacio creativo, y me hizo bien.

Después de unos años, ese programa dejó de ser compatible con las tecnologías más recientes; las nuevas versiones del mismo nunca fueron iguales para mi, demostrándome que la nostálgia tecnológica existe, con un lagrimón piantado en un sistema binario imaginario.

No pude encontrar otro programa con el que conecte tan bien a la hora de crear música, así que esa forma de componer quedó en el recuerdo.

Algún día escribiré un tema con aire de tango nostálgico acerca de esto, con un Cakewalk vintage igualito al que usaba en esos años. Con ese sonido electrificante de los años 80, y con mucho corazón.

Luz, cámara, acción

Tengo una especie de regla conmigo, que tiene que ver con mi filosofía para grabar los videos musicales que luego subo al ciberespacio: tienen que ser producidos sin demasiada preparación y sin tanto detalle en el arreglo, para que el resultado sea fresco y espontáneo. Esa es la prioridad, aún más que la precisión de ejecución de la música en sí.

La pulseada que juego entre mis dos hemisferios —el lado técnico y detallista contra el lado que desarma y sangra paz, amor y expresión— es una pelea arreglada. Como nos gusta en el cine, terminan ganando siempre ¨los buenos¨.

No me detengo mucho a arreglar esos temas, y siempre tengo que tocarlos de memoria, sin una partitura de por medio. Así le dejo un espacio a la improvisación, y que esté ese factor de vértigo tenga un papel importante en las grabaciones.

Algunos colegas músicos, un poco más perfeccionstas que yo, ofrecen resistencia a que yo deje colgados videos en los que sienten que no tocaron en su máximo exponente. Me llaman ¨Kamikaze¨, porque subo todo. Pero hay algo más yo veo: algo que no sale en la foto.