Luz, cámara, acción

Tengo una especie de regla conmigo, que tiene que ver con mi filosofía para grabar los videos musicales que luego subo al ciberespacio: tienen que ser producidos sin demasiada preparación y sin tanto detalle en el arreglo, para que el resultado sea fresco y espontáneo. Esa es la prioridad, aún más que la precisión de ejecución de la música en sí.

La pulseada que juego entre mis dos hemisferios —el lado técnico y detallista contra el lado que desarma y sangra paz, amor y expresión— es una pelea arreglada. Como nos gusta en el cine, terminan ganando siempre ¨los buenos¨.

No me detengo mucho a arreglar esos temas, y siempre tengo que tocarlos de memoria, sin una partitura de por medio. Así le dejo un espacio a la improvisación, y que esté ese factor de vértigo tenga un papel importante en las grabaciones.

Algunos colegas músicos, un poco más perfeccionstas que yo, ofrecen resistencia a que yo deje colgados videos en los que sienten que no tocaron en su máximo exponente. Me llaman ¨Kamikaze¨, porque subo todo. Pero hay algo más yo veo: algo que no sale en la foto.

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