Todos los bajos van al cielo

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Como siempre viajo con mi bajo en una funda, ya aprendí que el hecho de que me dejen felizmente abordar o no con mi compañero musical, depende de la personalidad y la buena predisposición de los empleados de la compañía aérea. Aquí una anécdota, quizás la mas complicada de las que viví:

Hace unos años estaba por abordar desde Nueva York a Buenos Aires, con escala en Atlanta, y justo cuando estaba cruzando el túnel para llegar a la puerta del avión, una empleada me llamó gritando, me decía que tenía que despachar a mi bajo rápidamente. 

El tono de su voz era violento —¿habrá tenido algún novio músico que le rompió el corazón? pensaba yo— y su argumento consistía en que ¨todos los músicos compran dos tickets de avión si quieren viajar con sus guitarras¨. Yo le mostré mi pasaporte, desparramado de sellos de diferentes países y le contaba que siempre viajo con mi instrumento, que nunca había comprado dos tickets, que estaba seguro que había espacio, y que además de ser muy frágil, ese instrumento es mi herramienta de trabajo.

Mi estuche estaba un poco dañado, y la idea de que mi bajo viaje por bodega todo el camino con conexión en Atlanta y destino final en Buenos Aires era muy peligrosa; muchas posibilidades de robo y destrucción. 

Discutí —pacíficamente— con todos los empleados, y un rato largo con el mánager, hasta que llegué a un acuerdo de intentar acomodar a mi bajo en el armario de primera clase. Lo había conseguido.

Cuando estaba dando unos pasos nuevamente por abordar, se cruza por delante mío una pasajera con una guitarra en la espalda y la empleada descorazonada me detiene nuevamente, ahora con un nuevo argumento: ¨Si te dejamos a ti ubicar el instrumento en el armario y a ella no, sería injusto, por lo tanto ninguno de los dos puede abordar si no dejan sus instrumentos¨.

Como niños castigados, nos quedamos los dos a centímetros de la puerta hermética abierta del avión, del lado de afuera. Yo le rogaba que me dejen hablar con alguna de las azafatas que, con esa actitud maternal que tienen, sabía que me podía ayudar. Solo les pedía intentar ubicar a mi bajo en el armario de primera clase, yo sabía que había lugar para los instrumentos. El mánager me retenía y me prohibió cruzar esa línea divisoria o hablarle a alguien en el lado de adentro.

Cada vez faltaba menos para el despegue y seguíamos sin poder entrar, y ahora nos amenazaban con que íbamos a perder el vuelo si no cedíamos. La chica no pudo soportar la presión y despachó la guitarra, faltaban cinco minutos para que cierren la puerta de entrada.

Pasaban muy lento los minutos y yo seguía ahí firme, con una mezcla amarga de nervios y angustia, le pedí otra vez que me deje intentar acomodar al bajo en ese armario, que si no había espacio estaba dispuesto a dar la vuelta y perder mi vuelo. 

Faltando dos minutos para el despegue me dejó intentarlo y crucé esa puerta como quien gana una maratón, aunque todavía con una gota de terror. Sintiéndome una especie de Indiana Jones, me apuré y abrí ese bendito armario al lado de la puerta de entrada.

Había espacio para muchos, muchos bajos y guitarras. Parecía quizás que hasta una banda completa y todos mis antepasados ucranianos podrían haber entrado allí. 

Si me hubiesen tratado bien desde el principio, habría sido todo mas fácil porque yo defendía el respeto mas que el instrumento material en sí. De todo se aprende, dicen…

Una vez despegados, mi bajo y yo adentro del avión, dormí todo el vuelo; son esas cosas que pasan y que dejan una duda. Todavía no sé si fue una pesadilla de la que me desperté alguna vez.

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