La estrella de la suerte

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Ordenando emails viejos me encontré con una confirmación de un ticket que compré en el 2008 para viajar de Nueva York a Boston.

Había pagado la módica suma de $1.5 por el pasaje, nada mal para un viaje de 4 horas. Aunque hay que admitir que llegar sano y salvo en ese Lucky Star Bus era pura cuestión de suerte, toda una travesía de turismo aventura y supervivencia.

Recuerdo que el bus tenía un olor extraño e indefinido, y los asientos eran algo pegajosos y mucho más oscuros que su flamante color azul original. En el invierno uno podía pasar un frío mortal y los conductores, que pisaban con fuerza el acelerador, rara vez podían comunicarse más que con señas. A veces hacían una parada en medio de la ruta, en un Mc Donalds, claro. Yo bajaba la cabeza y con ella caían también mis ideales vegetarianos, y me pedía una hamburguesa sin hamburguesa (sólo pan + tomate + lechuga + ketchup + high fructose corn syrup + pan), y quizás esas cosas fritas que no son papas sino otra cosa que no sabemos qué es…

Después de haber estudiado en Boston por 3 años hacía ese viaje felizmente, casi siempre al menos una vez por semana, mi bajo y yo. Era lindo tomarlo en Chinatown, en el sur de Nueva York, uno se sentía como en una película de Woody Allen.

Aunque tengo muy presente una vez en la que me acercaba a la parada de Lucky Star y al llegar veo la terrible imagen de un bus totalmente estrellado, abrazado a un camión. Por suerte estaba sin pasajeros cuando ocurrió y no hubo heridos. Por supuesto todos los pasajeros que llegábamos con nuestro ticket —de $1.5— en mano dudamos si tomarnos el siguiente peligroso y demorado Lucky Star, aunque como autómatas nos subimos al siguiente autobús, y fue sin miedo porque sabíamos que en todo ese viaje folclórico nos acompañaría, como siempre, una buena estrella.

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