Jasmine

img_5853Con una emoción que nunca antes viví les cuento que el 12/12 a las 3:13 a.m. en Nueva York, llena de vida, salud y amor, nació mi hermosa hija Jasmine.

Cada día transcurrió con una intensidad y una dulzura muy especial, en un camino de aprendizaje constante, proyectando nuevas perspectivas acerca de todo lo que antes asegurábamos conocer.

Si bien rara vez acostumbro a compartir cualquier tipo de acontecimiento personal en las redes sociales, hoy quisiera hacer una excepción y hacerlos parte de esta alegría inmensa que estamos viviendo.

Quiero agradecer a nuestra familia y amigos que nos acompañaron en todo, y en especial celebrar la fuerza y el amor infinito de mi compañera, quien cruzó barreras inimaginables para dar luz, y por eso y mucho más es y será eternamente mi heroína y mi amor.

Bienvenida hija, prometo darte un hogar en donde seas libre para elegir y pensar, que desarrolles tus pasiones y ejercites tu libertad. Que en casa vivamos sin ningún tipo de violencia emocional o física, y que quizás así traigas compasión, igualdad y paz al mundo. Por sobre todo prometo acompañarte y estar presente enteramente en tu camino que recién comienza.

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Todo lo que tienes que saber acerca de la industria de la música

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Hace casi 10 años años, me mudé a Nueva York sin muchos contactos, con algunos pocos ahorros aunque con unas ganas tremendas de vivir al máximo la experiencia de mejorar con músico en esta ciudad fascinante y vertiginosa. Buscaba también formas de entender aquella misteriosa nube que a veces se la nombra como “la industria de la música”.

¿Habría detrás de esa nebulosa escalofriante un camino de felicidad y satisfacciones?. Mientras tanto fui a lo seguro y busqué trabajo en una empresa de paseadores de perros profesionales. Tristemente debo admitir que luego de una entrevista no me tomaron como parte del staff y eso bastó para derrumbar mi sueño en ese rubro. Por eso seguí buscando opciones exclusivamente con la música, rumbo que me trajo un sinfín de satisfacciones a través de los años.

En el camino me compré estos libros que hoy encontré ordenando papeles y pronto voy a donar. Aclaro que no los recomiendo en particular, pero sí les aconsejo algunas de las cosas que aprendí de la experiencia en mi camino en la música a través de los años:

1. Si tienen un proyecto musical, hagan todo lo posible para desarrollarlo hasta el máximo punto en calidad, y luego lo más importante: hagan lo imposible para difundirlo en todos los medios y formatos que puedan.

2. La constancia es su herramienta más fuerte.

3. Trabajen duro en fortalecer y ampliar sus conocimientos musicales, expandir sus posibilidades no sólo en el instrumento que toquen sino en todo lo que abarca el mundo de la música, incluyendo las teorías que intentan explicarla y su contexto histórico.

4. La música es un arte y un medio que vive a través de las personas, y por eso hace falta entender que las relaciones humanas son fundamentales en este camino. La actitud y la responsabilidad de un músico son aún más determinantes que sus habilidades o conocimientos.

5. Visualicen sus objetivos con metas claras y ténganlas presentes a diario.

6. Busquen hacer música que resuene en ustedes y que exprese al máximo su propia voz y lo que tienen para decir con ella.

7. Hagan algo innovador.

Ser un músico hoy

Estoy pensando en lo importante que es para todo músico aprender todas esas tantas cosas que van más allá de la música en sí.

Nunca estuve tan organizado como ahora. Y cuando comencé a tocar el bajo, solamente pensaba en tener un flequillo danzarín como el de Paul McCartney porque ¨She loves you, yeah, yeah yeah!¨, jamás me hubiese imaginado verme reflejado en la imagen de un ser espiritual sentado haciendo planillas de Excel; fórmulas diversas para no volverme tan loco. Rendido y rodeado de papelitos de colores para recordar a la fuerza lo que es importante no dejar pasar, relojes que me ayudan a darme cuenta el valor fundamental del tiempo y otros artefactos hechos por el hombre que nada tienen que ver con el arte.

Me equivocaba al pensar que ser músico era solamente un ejercicio de la mente abstracta y creativa que se va volando. Aún así, me gusta más como son las cosas ahora; con un pie en el aire pero otro firme en la tierra.

Volver a componer

El veganismo

Ante un reciente revuelo extraño en las redes sociales, con diferentes comentarios negativos hacia los veganos voy a dar mi opinión y un poco de filosofía barata —y zapatos de goma— acerca del tema, ya que me toca de cerca porque soy vegetariano de toda la vida y vegano en los últimos años. Aclaro que vengo en ¨son de paz¨ y no me interesa señalar ni convertir a nadie que piense diferente a mí. Trataré de ser breve en un tema con el que puedo explayarme por horas.

Cuando tenía 3 años y adoraba —como muchos niños— a los animales, decidí que no quería comer ningún tipo de carne, por un fuerte sentimiento de compasión hacia todos aquellos seres vivos. Mis padres, de mente abierta para la época, decidieron respetar mi temprana decisión, aunque en el fondo pensaban que era una fase y en pocos días me olvidaría de aquello. Contrario a esos pronósticos, mi gusto por la vida vegetariana fue creciendo; a medida que me iba enterando de que una hamburguesa era carne —aunque no se veía como ninguna parte de un animal— la rechazaba completamente. Y así, al poco tiempo me volví totalmente vegetariano con un poco más de 3 años.

Muchas veces fui tomado de punto y burlado en alguna casa a la que iba a comer, en campamentos, o en colonias de verano. Corrían los años 80 y 90 en Argentina y eso de no comer carne parecía ser algo muy raro para un niño. Sin embargo seguí igual, pensando lo mismo; la idea de ser vegetariano siempre fue para mí lo más natural del mundo. Una infinidad de veces me dijeron señalando a unas carnes asadas: ¨¡no sabés lo que te estás perdiendo!¨, y de verdad nunca me interesó la idea de comer carne, sino más bien todo lo contrario.

Aclaro que nunca tuve un sentimiento negativo hacia todo el resto del mundo no-vegetariano, y de hecho siempre conviví con el hecho de ser el único de mi familia que no comía carne.

El tiempo pasó y con 22 años recién cumplidos me fui sólo y muy lejos, a estudiar música a otro país. La vida de estudiante es intensa para crecer y superarse, aunque dormir y comer sanamente se quedan en un triste segundo plano. Tenía poco dinero, pero mío, y con eso comía casi todos los días una combinación milagrosa: una promoción de 2 porciones de pizza nucleares + un vaso gigante de Coca Cola por tan sólo $4. También recuerdo comer mucho chocolate —uno que tenía gusto a suelas de zapatos—, tortas marmoladas y otras fantasías dulces de origen misterioso. Ahora pienso que en realidad extrañaba muchísimo a mi familia, y aquello era una forma simbólica de acercarme hacia la delicia que es estar acompañado.

Cada vez que regresaba a Argentina me hacía todos los exámenes médicos correspondientes, y una vez llamó la atención un punto de colesterol que alcanzaba un valor un poco más alto de lo normal. Es que claramente vivía a base de pan, queso y químicos comestibles, en un país en donde la gente con menos recursos jamás se muere de hambre sino de todo lo contrario: de enfermedades relacionadas con el sobrepeso.

Con el paso de los años después decidí hacer un cambio positivo a favor de mi salud, y comencé a inclinarme con más fuerza cada vez en la idea de llevar una vida más sana desde la alimentación. Le dije adiós a todos los azúcares procesados y a muchos otros productos que envenenan, buscando consumir preferentemente productos orgánicos e incursionando en los llamados ¨super foods¨.

En ese camino de investigación y de cambio me encontré con algunos textos y documentales que hablaban del veganismo, y fue en ese preciso momento cuando me sentí completamente identificado con ideas que resonaban en mí de toda la vida.

Inclusive cuando era vegetariano, me parecía rara la idea de comer productos de origen animal como el huevo, la leche o los quesos; siempre había algo que no me terminaba nunca de cerrar aunque esos productos me gustaban mucho. Si el concepto del veganismo hubiese existido en mí en mi infancia, hubiese optado por aquello desde siempre. Simplemente no sabía que existía tal cosa, que era posible vivir sin consumir productos animales.

Con mucha curiosidad y determinación un día decidí hacer el ¨desafío vegano¨ por una o dos semanas a ver qué tal, y ya pasaron más de 2 años y medio y me siento mejor que siempre. Descubrí que ser vegano es mucho más fácil de lo que pensaba, es un estilo de vida que está lejos de ser extravagante o complicado, y disfruto siempre de comidas deliciosas. Estas son algunas de los cambios que sentí al poco tiempo (y sigo sintiendo hoy):

– duermo bien, tengo mucha energía todo el día y no volví a tener más esa sensación de pesadez
– bajé a mi peso natural, el que me hace sentir liviano y balanceado siempre
– mi sentido del gusto y del olfato se agudizaron, es como si antes hubiesen estado algo anestesiados o sobrecargados
– comencé a cocinar e incursionar en muchos platos nuevos y variados
– me gusta la costumbre de ver los ingredientes de cada producto que compro, saber cuando hay letras pequeñas que antes no veía

No voy a hablar ahora del tema de los animales porque ya se imaginarán lo que siento y pienso desde que tengo uso de razón. No es mi intención que piensen todos igual que yo; el mundo es más bello cuando creemos y pensamos diferente, y podemos estar en paz con aquello. También aclaro que no creo estar salvando al mundo entero ni a todos los animales por ser vegano, es simplemente mi forma de abrir un poco más los ojos y decir ¨ya basta¨. Basta de consumir indirectamente un exceso de publicidades invasivas (que ya no me afectan), basta de consumir productos (químicos, con excesos de pesticidas, refinados, modificados genéticamente) sin saber. Aunque sea quiero tener la consciencia y la opción de decir que no.

Hay muchas costumbres de la antigüedad que fueron y siguen cambiando, y eso es una evolución que está muy bien. El veganismo es un grano de arena sí, pero uno que me hace bien a mí, y estoy seguro que a muchos más también.

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Jet Lag

Me levanté a las 6 de la mañana, como quien se levanta con culpa y confusión sin recordar exactamente la hora ni el momento en el que se durmió, y uno se encuentra amaneciendo de esa siesta extendida que no se debía hacer.

No sé cual es la traducción de “jet lag” más que ¨tener el reloj interno totalmente dado vuelta después de pasar un tiempo en algún lugar en el mundo con una zona horaria diferente¨, con el horario completamente al revés estoy yo después de haber pasado 2 semanas en Australia.

Me gusta la mañana. Me acuerdo de llegar a Chennai en India, en donde estuve 3 meses para dar clases en una universidad, con las horas de sueño en cortocircuito. Los primeros días me acostaba completamente fundido a las 9 de la noche para levantarme a las 5 de la mañana, y así practicar música mirando una ventana oscura que luego le abría el telón al espectáculo del amanecer.
Quise mantener ese ritmo de vida mañanero y me duró sólo unos días. Fue hasta que en la escuela de música hicieron un concierto de bienvenida después de la cena. Duró hasta las 2 de la mañana y si bien ya pasadas las 11 de la noche estaba cabeceando algunos goles de almohadas imaginarias, al acostarme pasada la medianoche supe que mi vida mañanera, de practicar hasta ver el amanecer y de sentir que el mediodía era la mitad del día, se terminaba ahí.

Así es mi vida en la música, con horarios que cambian igual que los puntos en el mapa en donde me voy perdiendo y encontrando. A veces fantaseo con la idea de tener una cotidianidad con más rutinas de tiempo y espacio, aunque no me dura mucho ya que viajar es algo que me fascina.

Ayer, 11 de junio, viví un día de 36 horas, que comenzó bien temprano en Melbourne con dirección al aeropuerto, y terminó en el norte de Manhattan, reencontrándome con mis bajos y mis afectos en casa. Hoy me desperté a las 6 de la mañana y si bien ya había amanecido, estuve practicando música temprano al lado de mi ventana. Estoy feliz de estar en casa y de que mi casa sea también el mundo.

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Consejos para mejorar en la música

A veces recibo mensajes pidiéndome ¨tips para mejorar en el bajo¨. Es una pregunta realmente muy difícil de responder de forma global, porque cada uno de nosotros es diferente, y cada uno tiene formas distintas de absorber la información y así formar un lenguaje musical más rico. Mentiría si dijera que hay un ejercicio que funciona para todos por igual, por eso ordené esta lista de prioridades con algunos consejos al respecto:

1. Saber la razón por la que uno quiere mejorar y, junto a la música que más nos apasione, encontrar ese impulso enorme que nos va a llevar a poder dedicarnos a mejorar en la música y en el instrumento.
2. Estudiar y practicar con dedicación por horas y horas cada día. Pero estudiar siempre de forma musical, creativa e inteligente.
3. Si el punto anterior nos bloquea, es fundamental saber que hay soluciones:
a) Aprender a transcribir, a sacar músicas de oído y transferirlas al instrumento para incorporarlas en nuestro lenguaje musical. Si esto es complicado, ir a los puntos ¨b¨ y ¨c¨.
b) Tomar clases con un docente y elegirlo por su cualidad como maestro más que como músico, sin importar el instrumento que toque aunque preferentemente que se dedique al mismo que nosotros.
c) Entrar a una escuela de música, nutrir nuestra curiosidad, relacionarse con nuevos músicos, compartir músicas e ideas para entender el mundo de la música, poner en práctica a toda la teoría que nos llame la atención.
d) Tocar con mucha gente diferente, y tocar todas las puertas de oportunidades interesantes que se nos presenten.
e) practicar…
f) practicar…
g) practicar…

La estrella de la suerte

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Ordenando emails viejos me encontré con una confirmación de un ticket que compré en el 2008 para viajar de Nueva York a Boston.

Había pagado la módica suma de $1.5 por el pasaje, nada mal para un viaje de 4 horas. Aunque hay que admitir que llegar sano y salvo en ese Lucky Star Bus era pura cuestión de suerte, toda una travesía de turismo aventura y supervivencia.

Recuerdo que el bus tenía un olor extraño e indefinido, y los asientos eran algo pegajosos y mucho más oscuros que su flamante color azul original. En el invierno uno podía pasar un frío mortal y los conductores, que pisaban con fuerza el acelerador, rara vez podían comunicarse más que con señas. A veces hacían una parada en medio de la ruta, en un Mc Donalds, claro. Yo bajaba la cabeza y con ella caían también mis ideales vegetarianos, y me pedía una hamburguesa sin hamburguesa (sólo pan + tomate + lechuga + ketchup + high fructose corn syrup + pan), y quizás esas cosas fritas que no son papas sino otra cosa que no sabemos qué es…

Después de haber estudiado en Boston por 3 años hacía ese viaje felizmente, casi siempre al menos una vez por semana, mi bajo y yo. Era lindo tomarlo en Chinatown, en el sur de Nueva York, uno se sentía como en una película de Woody Allen.

Aunque tengo muy presente una vez en la que me acercaba a la parada de Lucky Star y al llegar veo la terrible imagen de un bus totalmente estrellado, abrazado a un camión. Por suerte estaba sin pasajeros cuando ocurrió y no hubo heridos. Por supuesto todos los pasajeros que llegábamos con nuestro ticket —de $1.5— en mano dudamos si tomarnos el siguiente peligroso y demorado Lucky Star, aunque como autómatas nos subimos al siguiente autobús, y fue sin miedo porque sabíamos que en todo ese viaje folclórico nos acompañaría, como siempre, una buena estrella.

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